En 1888, Hellriegel y Wilfarth demostraron
sin lugar a dudas, el origen bacteriano de la fijación de nitrógeno
en los nódulos de las raices de las leguminosas, nódulos
que ya fueron descritos por Malpighi en 1679, y de donde Beyerinck aisló
la primera bacteria fijadora en el mismo 1888 e inoculó con ella
plantas que desarrollaban las mismas tumoraciones. Estos experimentos
no presentaban los problemas que algunos autores encontraban cuando se
inoculaba con extractos de nódulos que, según ellos, aportaban
a las plantas el nitrógeno que Hellriegel y Wilfarth creían
procedía del aire. Tuvieron que pasar, bastantes años hasta
que quedara definitivamente zanjada la cuestión con la aceptación
absoluta de la existencia de la fijación biológica de nitrógeno
Una vez establecida una explicación racional, se desarrolló
una intensa investigación sobre el tema. Así, pronto se
reconoció el gran interés agronómico de la adición
de bacterias a plantas leguminosas, la llamada inoculación o fertilización
microbiana. Se hizo necesario el desarrollo de métodos para el
cultivo de los organismos, para retener su viabilidad y seleccionar las
cepas más capaces de fijar. De ahí a la preparación
industrial de inóculos, una vez establecidos los diferentes grupos
de inoculación cruzada como consecuencia de la especificidad microbio-
planta, había un paso. Se dieron normas de seguridad y calidad
de los inóculos llegandose hasta nuestros dias donde hay que considerar
en ellos, no sólo las propiedades simbióticas de las bacterias,
sino también su posible impacto sobre la microbiota del suelo,
considerando, además, la posibilidad de transferencia genética
entre microorganismos, especialmente, si se utilizan estirpes genéticamente
manipuladas.
El conocimiento de la existencia de bacterias
fijadoras libres, en ausencia de planta, tuvo que esperar a que Beyerinjk
describiera en 1901 la bacteria aerobia Azotobacter chroococcum y dos años más tarde el anaerobio Clostridium pasteurianum. Desde entonces la lista de fijadores ha ido creciendo y todavía
sigue abierta, reducida siempre, por supuesto, a procariotas, siendo
una de las últimas aportaciones científicas en este campo
la presencia de la actividad fijadora en Arqueobacterias, hecho de gran
interés por lo que supone desde el punto de vista evolutivo y
de versatilidad del proceso, dadas las especiales características
de estos microorganismos capaces de crecer en ambientes extremos.
Los estudios sobre la bioquímica de la
fijación comenzaron con Meyerhof y Burk en 1928 utilizando A.
chroococcum como organismo de ensayo y ya en 1940 existían
suficientes conocimientos para que Wilson publicara el libro titulado
"Bioquímica de la Fijación Biológica de Nitrógeno".
Por este mismo año se comenzó a utilizar el 15N para conocer
más profundamente la fijación y realizar experimentos
cuantitativos precisos, así como para confirmar de una vez, por
Zelitch en 1952, que el amonio era el primer compuesto estable de la
fijación, aunque hubo que esperar a 1965 para que Mortenson demostrara
que la nitrogenasa, la enzima implicada en el proceso, estaba formada por dos componentes inactivos por
separado. Por esta época se introduce la técnica de reducción
del acetileno a etileno para determinar la actividad nitrogenasa y algo
más tarde, las técnicas propias de la biología
molecular que contribuyen al gran avance experimentado en los conocimientos
adquiridos sobre este proceso biológico.
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