| La fijación de nitrógeno
en la alimentación e importancia de las leguminosas:
La introducción en el primer cuarto de
siglo del procedimiento Haber Bosch para la obtención de amonio
supuso la disponibilidad de fertilizante nitrogenado sintético,
alternativo al natural y a un precio relativamente bajo. Su uso masivo
se manifestó, de forma evidente, en los cultivos básicos
en la llamada revolución verde cuando se conjuntó su aplicación
con la utilización de variedades adecuadas de plantas. Sin embargo,
su utilización tiene unas limitaciones impuestas, de una lado,
por su costo de producción dependiente de las vicisitudes de
los combustibles fósiles y, de otro, por su contribución
al deterioro del medio por la contaminación de las aguas superficiales
y aquíferos, que en muchos casos llega a ser alarmante y frecuentemente
lleva a la prohibición de su uso. En el contexto de un desarrollo
sostenible y, particularmente de la agricultura sostenible, cualquier
acción encaminada a disminuir el uso de fertilizante nitrogenado
cobra una gran importancia. Este es el caso de la FBN, que si bien limitada
todavía a sólo algunos cultivos, son de alto interés
social y económico.
Según indican D. y M. Pimentel en su
libro Food, Energy and Society, se estima que en el año 2000
se utilizarían 70 millones de toneladas de proteína vegetal
en alimentación animal. Si parte de estas proteínas se
dirigieran al consumo humano directo se incrementaría considerablemente
su disponibilidad. Aunque esto puede ser una utopía, y en determinados
casos y circunstancias no se deba ni pueda prescindir de alimentos de
origen animal en la dieta, sí se debería tender a su racionalización.
Es precisamente en este punto donde las leguminosas pueden jugar un
papel importante. Si bien denostadas en los países ricos, de
hecho, cualquier estudio comparativo que caiga en nuestras manos nos
pone en evidencia la disminución del área cultivada y
de la producción de aquellos cultivos que se dirigen al consumo
humano, con el incremento paralelo de los que van a utilizarse para
la alimentación animal, las leguminosas todavía son aprovechadas
en las áreas más pobres, aunque no con la intensidad que
sería de desear, teniendo en cuenta su riqueza nutritiva. La
demanda de proteína animal ha llevado a desarrollar grandes programas
con buenos resultados para la mayoría de las especies, como la
soja, con la aparición de variedades más productoras,
resistentes a plagas, adaptadas a diferentes suelos y climas, etc. Pero
poco se ha hecho, en cambio, con las leguminosas de utilización
directa en alimentación humana, si se exceptua la labor que realizan
algunos centros internacionales situados en áreas estratégicas,
como el CIAT en Colombia o ICARDA en Siria, con leguminosas de consumo
en países en vías de desarrollado donde las inversiones
propias, por razones obvias, brillan por su ausencia. Hay mucho por
hacer, desde conseguir variedades adaptadas a las especiales condiciones
climáticas de sequía, altas temperaturas e irradiación
solar, salinidad, etc, hasta los correspondientes estudios sobre la
simbiosis con Rhizobium en tales condiciones para conseguir una
asociación más eficiente y por lo tanto mayor productividad.
Está fuera de toda duda el papel importante
que las leguminosas juegan en el aprovechamiento de tierras marginales
por sus menores requerimientos y en zonas donde la fertilización
nitrogenada está limitada por motivos económicos. La fijación
de nitrógeno proporciona una gran parte de las altas necesidades
que tienen estas plantas por este elemento. Es evidente que se puede
mejorar, pero en la asociación mutualista microbio-planta hay
que contemplar ambos simbiontes. Las plantas deben ser seleccionadas
para producir altos rendimientos en circunstancias concretas con el
mínimo de requerimientos. Las bacterias, por otra parte, deben
ser las adecuadas para proporcionar el máximo de nitrógeno
que permita el conjunto equilibrado del resto de nutrientes y, además
de fijar nitrógeno en las condiciones exigidas, ser capaces de
competir con las cepas naturalizadas, en el caso de que las hubiera,
generalmente muy bien adaptadas al medio pero poco fijadoras.
Las leguminosas, y especialmente las llamadas
leguminosas grano, se consideran como fuentes proteicas vegetales al
tener sus semillas más del 20 por ciento de proteína,
junto con la consideración de alimento concentrado por su riqueza
energética. Son una buena fuente de lisina aunque pobres, a excepción
de la soja, en aminoácidos azufrados y triptófano, deficiencias
que pueden ser corregidas por suplementación con proteínas
de otros orígenes. Sin embargo, la mejora vegetal aplicada a
estas especies puede dar su fruto como lo dio con los maices opacos
en el caso de la lisina.
El aporte de las leguminosas a la dieta oscila
aproximadamente entre 1 kg por año en los países nórdicos
y los 26 Kg de la India, cantidades inversamente proporcionales al de
proteínas de origen animal. En España el consumo de leguminosas
grano baja de 17,9 Kg/año en 1968 a 6,8 en 1990 y 3,7 en 2000,
que se corresponde con un incremento en la proteína de origen
animal y la consiguiente disminución de la superficie dedicada
al cultivo de este tipo de leguminosas.
La política comunitaria actual se ha
planteado su reorientación como consecuencia de reducir de forma
progresiva el desequilibrio existente entre la producción y el
consumo en determinados sectores. Para estimular este proceso, la UE
ha incentivado la retirada de la producción de superficies agrícolas
con medidas paralelas para atenuar el efecto negativo sobre la renta
de los sectores implicados. Dentro de las alternativas se indican, entre
otras, la repoblación foretal, la produción de ciertas
leguminosas grano y de pastos para uso ganadero extensivo, cuidando
siempre de mantener una cobertura vegetal que conserve el suelo. La
FBN tiene mucho que ver, por supuesto, con alguna de estas posibilidades.
Y cualquier acción dirigida a incrementar la producción
o productividad deberá tener en cuenta las recomendaciones del
informe de 1987 de la World Commission on Environment and Development,
la llamada WCED, titulado "Nuestro futuro común" sobre el desarrollo
sostenible, esto es, el desarrollo que cubre las necesidades del presente
sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras para cubrir
sus propias necesidades. Esta norma es de aplicación en todos
los campos y en relación con la producción de alimentos
se traduce en la llamada Agricultura Sostenible, que aún siendo
una transcripción no muy afortunada del inglés, se ha
introducido con fuerza en nuestra lengua. Supone la producción
de alimentos a precios más bajos, con menor aplicación
de fertilizantes y pesticidas, que preserve mejor los recursos y den
lugar a menores residuos. En este tipo de agricultura, la fijación
biológica de nitrógeno tiene un lugar importante al representar
el aprovechamiento del nitrógeno libre en la atmósfera
para incrementar la productividad con la virtual ausencia de riesgo
de contaminación de las aguas superficiales y subalveas. No en
balde, en el Capítulo 3 de la Agenda 21 de la Conferencia sobre
Medio Ambiente y Desarrollo, más conocida como Conferencia de
Río, se proponen entre otras acciones para mejorar la protección
del medio, promover la utilización adecuada de los fertilizantes
biológicos en los programas nacionales de fertilización,
fortalecer la investigación y capacitación en los países
en desarrollo que sirvan de apoyo a esta actividad, y elaborar mecanismos
para incrementar gradualmente y difundir las biotecnologías respetuosas
con el ambiente, fomentando al mismo tiempo, la cooperación y
transferencia entre los diversos países. Las implicaciones que
la fijación tiene para el medio ambiente hay que considerarla
bajo dos aspectos principales. Uno, como alternativa a la fertilización
nitrogenada, y otro, que contempla la utilización de plantas
fijadoras para evitar la erosión del suelo y/o contribuir a su
recuperación, al mismo tiempo que, adecuadamente realizada, puede
contribuir al desarrollo de una ganadería extensiva, respetuosa
con el ambiente, creadora de riqueza y buena fuente de alimentos de
origen animal.
El uso de plantas leñosas, especialmente
fijadoras de nitrógeno, en sistemas agroforestales presenta,
por otra parte, considerable interés. Como consecuencia del mayor
ritmo de crecimiento de la población que el de la producción
de alimentos, en muchas partes del mundo se están transformando
los bosques en suelos agrícolas, con el consiguiente deterioro
ecológico. La mayoría de los suelos tropicales son extremadamente
frágiles y pierden su fertilidad a los pocos años de cultivo
sin una costosa aplicación de fertilizantes. La disminución
de los rendimientos lleva a su abandono y erosión posterior.
En este sentido, la utilización de árboles fijadores es
una posibilidad atractiva como fuente de nitrógeno y materia
orgánica para rehabilitar el suelo y protejerlo de la erosión,
proporcionando a la vez alimento para el ganado y fuente de energía,
en forma de combustible, para más de la mitad de la humanidad.
No siempre la reforestación se lleva
a cabo con árboles, pueden utilizarse también plantas
arbustivas leguminosas, cuya simbiosis con Rhizobium o Bradyrhizobium
está poco estudiada, pero que, una vez mejor conocida, puede
facilitar su implantación e incrementar su desarrollo y al contrario
que otras especies, son plantas enriquecedoras del suelo. Miryca,
Coriaria, etc. forman con actinomicetos (Frankia) simbiosis
fijadoras de nitrógeno llamadas actinorrizas. En todos estos
casos no se requiere ni un suelo fértil ni la aplicación
de nitrógeno combinado por lo que el rendimiento es bastante
aceptable y puede mejorarse, como en el caso de las leguminosas, si
junto con la inoculación de bacterias fijadoras se utilizan hongos
formadores de micorrizas al establecerse una asociación tripartita
muy eficaz. Estos hongos facilitan la nutrición de la planta
y su desarrollo en condiciones hídricas deficitarias.
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