Ahora estamos lejos de ser como aquellos sabios de la antigüedad que establecían leyes físicas, realizaban cálculos matemáticos, clasificaban animales y plantas sin abandonar sus dotes humanísticas, cultivando en paralelo la filosofía, haciendo un todo de sus variados conocimientos.
¿Por qué la ciencia y la filosofía están hoy tan separados en contra de la tradición intelectual que va de Aristóteles a Kant, pasando por Copérnico y Galileo? El avance de los conocimientos ha requerido una mayor dedicación a la ciencia y a la tecnología que ha llevado al investigador al abandono de las humanidades. Esto ha desembocado en lo que Lord Snow señala como el tiempo o la era de las dos culturas. La vida intelectual de la sociedad occidental se está dividiendo rápidamente en dos grupos extremos, los que se pueden llamar intelectuales o humanistas, en un lado, y los científicos, en el otro.
Al contrario que la filosofía la ciencia se ha sobrevalorado, se ha tomado como fin en lugar de medio. Se considera la clave del bienestar material, el camino verdadero para el progreso social. La ciencia es la medida de lo valioso. Frente a esto, en nuestra sociedad actual, la cultura o la reflexión filosófica, llámese como se quiera, ha sido relegada a un lado, es periférica a la actividad mundana. Y así se llega a la situación en que hay quien dice que la ciencia no es cultura, mientras que otros estiman lo contrario. Aquéllos asocian cultura a conducta humana y estos a moral filosófica, por lo que es difícil entenderse.
En este contexto, Burley y Colman citan a Nietzsche cuando decía que la ciencia es dependiente por completo de las opiniones filosóficas para cada uno de sus fines y métodos, aunque esto se olvida fácilmente. Así opinaba él cuando apenas había las connotaciones éticas que se han derivado de la ciencia en su devenir de estos últimos tiempos.
La ciencia y la filosofía son necesarias para el desarrollo de la humanidad, para conocer por donde va a ir o conviene que vaya. La ciencia nos dice lo que podemos hacer con las cosas, pero no lo que deberíamos hacer con ellas. El conocimiento científico per se no tiene valor ético o moral, este aparece cuando la ciencia se aplica como tecnología.
La culpa de la división entre estas dos culturas es achacable a unos y otros. Entre ambos hay un vacío de incomprensión mutua, un mantener las distancias que perjudica la solución de los problemas donde la participación de los dos grupos es imprescindible. La manida afirmación de que en ciencia todo lo que se puede hacer termina haciéndose, además de ser cierta, es muy grave y el prestigio y la credibilidad de unos y otros corre serio peligro. Nunca ha sido tan urgente la implicación de todos como ahora que la ciencia ha generado problemas sociales de difícil solución. Los científicos tienen la obligación de hacer pública cualquier repercusión social que pueda derivarse de su trabajo, pues hoy dia ellos, por lo común, carecen de capacidad para hacer la valoración ética o moral de sus contribuciones, aparte de creer que la ética es simplemente materia de opinión y que la filosofía en general es algo obvio y carente de importancia.
Es estos momentos, como propone Snow, es necesaria una tercera cultura en la que haya un encuentro de voluntades entre unos y otros, donde cada parte se convenza de la importancia de los que tiene enfrente y, juntos, intenten alcanzar un objetivo común y aceptable para la sociedad.
José Olivares Pascual, Profesor de Investigación del Consejo Superior de Investigaciones Científicas. |